Naufragio en el espectáculo de la catástrofe

Alejandra Castillo, filósofa feminista

El tiempo de la cuarentena es impuesto, siete, catorce o cuarenta días. Y de nuevo, siete, catorce o cuarenta días más si es necesario. Es un tiempo que marca el inicio y el término de una reclusión. El tiempo de la cuarentena es, por ello, un afuera del tiempo. O dicho de otro modo, la cuarentena activada por mandato gubernamental es una unidad de tiempo sin temporalidad. No hay proyecto que realizar en ella, solo pequeñas tareas repetitivas, a pesar de que internet abrume con tutoriales para llenar “el tiempo”. La transgresión de la frontera doméstica no es posible, no es deseable, no es responsable.

La cuarentena parece acortar el tiempo —el futuro— al paso de los días, de las horas. No es extraño que en este “acortamiento del tiempo” proliferen las retóricas de fin de mundo e incluso aparezcan señales de otros tiempos ya olvidados —como lo es el “tiempo de la naturaleza”— irrumpiendo en las calles deshabitadas del planeta. La ausencia de tiempo es, sin embargo, hábilmente registrada por cámaras de vigilancia. Más aun, la propia cotidianidad en cuarentena ha comenzado a ser registrada en transmisiones en directo en Instagram o Facebook. Y, si eras del pequeño grupo de quienes se resistían a las plataformas virtuales, hoy no tienes opción y debes trabajar en línea utilizando Zoom. La cuarentena no hace sino amplificar un fenómeno ya advertido décadas atrás: el devenir archivo de la vida. El tiempo de la cuarentena es un presente absoluto, así es también el tiempo del archivo.

Por otro lado, habría que decir que este tiempo quieto de la cuarentena coincide, tal vez en un recorte, con el tiempo del fin de los tiempos de la religión que con astucia se ha aliado a los sectores más conservadores de la política en el planeta. La iglesia evangélica —como la que apoya a Jair Bolsonaro y en la que él se apoya en Brasil— vive el día a día contra la falta de fe, la degeneración de los valores de la familia y la ideología de género. No hay futuro, solo el diario sonar de trompetas del fin de mundo debido a la impiedad y el pecado. He ahí el virus para el culto evangélico. Es ya un dato de la crónica de la propagación del coronavirus, su masivo contagio en iglesias y cultos religiosos. Es también un ejemplo curioso de fanatismo religioso en tiempos del Covid-19, ver a un sacerdote católico bendecir a una ciudad desde un helicóptero con el objeto de protegerla del contagio.

Y para ser justa, no habría que olvidar que junto a este tiempo quieto de fin de mundo va raudo un tiempo acelerado que es solo proyección y progreso. La aceleración del tiempo que completa ciclos evolutivos —de acumulación y de desarrollo— en pocos años. Este es el tiempo de los medios, las redes sociales y la magnificación de la catástrofe y sus miedos. Es el tiempo acelerado de la especulación financiera que antepone los intereses del capital a la defensa de la vida, como ocurre en los gobiernos de Sebastián Piñera en Chile o de Lenin Moreno en Ecuador. Es el tiempo raudo del militarismo de Donald Trump, quien prefiere actuar contra migrantes y desplegar fuerzas militares en  América Latina que tomar medidas adecuadas para frenar la curva de contagios en Estados Unidos. Es el tiempo rápido del extractivismo que quema bosques nativos mientras se decretan cuarentenas. Y, también, es el tiempo del progreso científico. Este tiempo que hace posible “hoy” lo que debería demorar años. Es el tiempo de los laboratorios que aceleradamente intentan producir una vacuna contra el coronavirus.

Así descrito el tiempo en que se cumplen cuarentenas en América Latina, bien podría decirse que la figura que comienza a comparecer es la del “naufragio con espectador”. Se sabe, con incierto saber, que viene una ola de contagios como ha ocurrido en China, Europa o Estados Unidos. Se sabe, es cierto, pero no cuándo. Se sospecha que será a fines de abril o comienzos de mayo. Se sabe, con amargo saber, que será así, que no es posible escapar de la funesta espera, que no hay mutación alguna que haga de este virus una “buena persona”. La pandemia informática, que acompaña a la pandemia del Covid-19, se encarga de recordarnos segundo a segundo el aumento del número de muertes en el mundo. Las redes sociales esparcen rumores, miedos, ansiedad, propagando la peste. Sabemos que no podemos hacer nada, salvo quedarnos inmóviles, recluirnos, si es que tenemos la fortuna de hacerlo. La cuarentena traza una línea entre quienes pueden sobrevivir y quiénes no. La cuarentena se vuelve un pequeño trozo de tierra desde la cual observamos el desastre. A pesar de estar en medio de la tormenta las olas no pueden  alcanzarnos, al menos en eso confiamos. Nos volvemos espectadoras del naufragio. Pero si miramos con atención tendríamos que notar quizá una variación en la metáfora del “espectador” que da lugar a la idea de un “naufragio con espectador”. En tiempos de cuarentena se hace necesario volver a repensar toda esta metafórica de la crisis, de la crítica, del juicio. Pues, sin siquiera advertirlo, ella subyace a cada intento de comentar o poner en palabras el naufragio.

Habría que recordar que esta metáfora, que puede rastrearse hasta la antigüedad, y que la modernidad hace suya, implica movimiento, viaje —ida y vuelta—, peligro y transgresión de fronteras. La cuarentena impide esa acción, más aún, sanciona romper el límite domiciliario. El naufragio con espectador es distancia, implica mirar de lejos y a salvo el desastre. No es del todo cierto que la cuarentena nos ponga a salvo, al menos no por ahora. La cuarentena aplaza, introduce el retardo, cierto destiempo con la expectativa de dar tiempo. La prórroga obtenida busca atender a las necesidades y urgencias del sistema hospitalario, que en muchos casos ya está al borde del colapso. La cuarentena no es un salvoconducto otorgado a los individuos, es un tiempo de administración biogubernamental de la población. Distinta a los tonos de la gestión y la administración, la metáfora del naufragio con espectador apunta entre otras cosas a la misma posibilidad de la “reflexión crítica”: retirarse, salvaguardarse de la catástrofe, para ver más claramente en el desastre, para formarse una idea de él. En suma, la metáfora del naufragio con espectador es la metáfora de una filosofía política de la historia, de un orden de temporalidad iluminista que juzga las luces y sombras de la ilustración a partir de la salvaguarda que otorga la figura del espectador.

¿Es la norma ilustrada la que rige el devenir archivo de la vida? ¿Somos todavía “espectadores”, “espectadoras”? Las preguntas deberían dar lugar a un tiempo de respuestas organizado a partir de la distancia, de la demora, de la pausa que el pensamiento reclama como cuarentena, como salvaguarda. Pero hemos visto que la misma noción de cuarentena nos obliga a interrogar la ficción de un lugar seguro, la metáfora del silo (construcción de resguardo subterránea) o de la atalaya (construcción de resguardo en altura) del pensar. De ahí que habría que advertir contra todos esos diagnósticos que buscan iluminar el desastre desde una posición de resguardo o cuarentena, que la propia posición como espectadores o espectadoras parece quedar anulada en el tiempo actual. No solamente se debe interrogar la figura del salvo que subyace a la imagen del “naufragio con espectador”. Se debe interrogar de igual modo la hiperconectividad cotidiana en las plataformas virtuales, las redes sociales y el teletrabajo, pues esa teleconectividad es síntoma de que el tiempo del naufragio es un tiempo sin trascendencia, sin un “afuera” que permita un resguardo del mar agitado, la tormenta y el desastre. En este sentido, el tiempo de la cuarentena no solo implicaría un “acortamiento del tiempo” —temporalidad propia del medioevo—, sino también un “aceleracionismo” del mismo —temporalidad propia del capitalismo telemático. Ambas temporalidades clausuran el futuro en favor del presente. Así también ocurre con la vida vuelta registro y archivo. El presente absoluto interrumpe memorias y genealogías, interrumpiendo con ello la posibilidad de otros futuros, de aberturas o perforaciones en el orden de la realidad organizadas desde la revuelta emancipadora. El presente de la emancipación es distinto al presente absoluto. La revuelta emancipadora en un complejo juego que une memorias (pasado) a la invención de lo en común (futuro). La quietud —sin calma— de las cuarentenas no da lugar a colapsos o derrumbes del orden. En la peste el capitalismo gestiona la peste, pues el capitalismo es la peste.

Quizás por ello, la metáfora que más se ajuste a nuestra situación actual sea la de un “naufragio en el espectáculo de la catástrofe”. Dejamos la distancia, la crítica y la propia figura de espectador para ser parte del espectáculo, de su catástrofe, de su escenificación anestesiante. Somos la frágil y precaria embarcación que se zarandea. Dictamos clases en Zoom, realizamos teletrabajo, subimos vídeos divertidos o serios de nuestras cuarentenas a la red, nos volvemos archivos digitales. Quizá hasta escenifiquemos nuestra propia tragedia, poniendo en pantallas tablet el último adiós. Sin ninguna intencionalidad actualizamos la ley del archivo heterosexual reinscribiendo la división del trabajo en roles propios de una diferencia sexual naturalizada, intemporal. Así, en la soledad del aislamiento social volvemos a reproducir y reforzar viejos estereotipos del cuidado, de la protección, incluso de un materno político que se actualiza ahora en el Estado o en los domicilios. Y mientras tanto, esperamos que venga la muerte, o lo que tenga que venir. Ya se anuncia, ya lo estamos viendo en Instagram, en los muros de Facebook, en las conversaciones que establecemos por Zoom. El naufragio ya está aquí, tocando nuestras puertas, entrando por nuestros ojos, por nuestra boca, en medio de ti y en medio de mí.

Santiago-Chile, 3 de abril, 2020