A propósito de la marcha por un aborto libre, gratuito y seguro

Mónica Ramón Ríos

El 25 de julio está convocada en Chile una marcha por el aborto libre, seguro y gratuito. Los colectivos feministas decidieron usar la palabra “libre”, a diferencia de las feministas argentinas que consiguieron una primera aprobación del aborto “legal”, debido a cómo se ha desenvuelto la discusión y los hechos en Chile después de la promulgación de la ley que regula el aborto por tres causales. Los mecanismos interpuestos para no proveer de servicios que salvarían la vida de personas con embarazos no deseados es apenas la punta de una discusión que supera con creces lo legal. En vez, se instala en el ámbito lingüístico y el de la representación; adquiere un carácter mítico que permite incluso soslayar el conocimiento histórico y científico sobre el que se sostienen las decisiones colectivas en relación a la salud pública. Pues que los líderes de los movimientos antiaborto sean la materialización de un núcleo de poder religioso-estatal, dota a esta disputa de creencias que abogan por el sacrificio de mujeres y trans como cuerpos con capacidad de gestar.

La ley que regula la realización de abortos por tres causales reemplaza, con una perversidad digna de notar, la palabra que ha sido bandera de lucha de las feministas durante décadas por la expresión “interrupción del embarazo”. Al mismo tiempo que hace del aborto un tabú, esa ley ha incluido un mecanismo para que sea posible no cumplir con el mandato, imprimiendo de antemano las acciones potenciales con un signo moral negativo. Además, como hemos visto en otros países, al tachar la palabra “aborto”, se evita dirigir esfuerzos a mejorar integralmente el sistema de la salud de la mujer, incluidas las redes de apoyo para personas con embarazos no deseados y el acceso a la anticoncepción. Es claro: a partir de las enmiendas y recursos interpuestos para privilegiar la conciencia de ciertos individuos e instituciones médicas por sobre el bienestar de sus pacientes, los movimientos antiaborto y antimujeres han sido capaces de instaurar un régimen de excepciones, basado en un lenguaje más apropiado para escenarios bélicos que para un debate sobre salud pública.

Estas opciones lingüísticas revelan que estamos en un territorio que aquellos grupos conservadores experimentan como una cruzada. Hace muchos años, en la sala de espera de una institución de salud, tuve una conversación con una mujer de unos sesenta años identificada con un grupo religioso católico-new age. Según ella, yo a mis veintiséis años ya estaba vieja para concebir y consiguientemente para hacer la máxima contribución al sistema económico nacional que podía hacer una mujer en edad gestante. En la opción por un aborto libre, gratuito y seguro se materializa una oposición histórica a los mandatos de un capitalismo colonial y patriarcal: superar la identificación entre los cuerpos y ciertos relatos. Los mismos que sostienen un discurso que sella a la maternidad en el sacrificio, promoviendo al mismo tiempo el silencio de mujeres que se arrepienten de haber sido madres o de quienes viven la maternidad como una transformación radical.

En el terreno del aborto luchamos por mucho más que la posibilidad de decidir sobre los embarazos en circunstancias extremas, concretadas en las tres causales. Es un coro de voces en contra de un genocidio realizado lenta y sostenidamente. Porque como temen las autoridades del núcleo religioso-estatal, lo que está en juego en la lucha por aprobar un aborto seguro, libre y gratuito es mucho más que la posibilidad de interrumpir un embarazo. Aquellas objeciones de conciencia, que habría que llamar objeciones de género, soslayan las políticas implementadas por asociaciones internacionales de ginecología y obstetricia que han visibilizado las altas tasas de mortandad de mujeres en países con leyes conservadoras vinculadas a abortos en condiciones insalubres y peligrosas. La lucha por un aborto libre y seguro es una lucha similar a la que se opone al femicidio: ambas buscan que la vida y los derechos de una mujer valgan lo mismo que la de cualquier ciudadano y que valgan más que la conciencia de unos pocos.