Contra la maternidad

Mary Luz Estupiñán Serrano, Doctora Estudios Latinoamericanos, Colectivo Communes.

La asociación entre mujeres y fecundidad ha tenido sus sobresaltos. Por más que los discursos antiaborto insistan en presentarla como una linealidad, mero destino, lo que no pueden borrar es ese gran número de mujeres que ha desobedecido el mandato y que ha permanecido entre nosotras no precisamente como excepciones. Por lo menos la literatura nos ha legado a varias figuras (escritoras), aunque también las encontramos en un espectro más amplio bajo las formas de lloronas, brujas y locas, entendidas eso sí como epítomes de mujeres rebeldes, astutas e inteligentes. Pero no me referiré aquí a las anti-aborto y a su curioso refugio en la biología para empalagarnos con sus pseudoargumentos pro natura, sino a otra vuelta a la naturaleza que en este caso ha estado vestida de progresismo: la “maternidad y la crianza natural”.

En un momento en el que celebramos la masificación del feminismo, una esperaría que la pregunta por la maternidad, que se reitera ininterrumpidamente a las mujeres, mermara o que sencillamente no tuviera lugar, en la medida en que han sido varios los empeños por disociar a las mujeres de la posición de madre, o, en su defecto, por desmitificar la maternidad, por retardarla, minimizarla o cancelarla. Pero ésta sigue siendo una pregunta obligada para las mujeres –con lo cual se explicita la salud con la que cuenta la asociación, mujer=madre, y, sobre todo, su proximidad con la naturaleza–, e incluso ha sido reivindicada por cierto feminismo. Surgen así rápidamente dos preguntas que obligan a la precisión: ¿que feminismo? ¿qué maternidad? Y ¿para quiénes resulta problemático ese asunto? Cuando cuestionamos la susodicha “maternidad natural”, no significa que todas las maternidades estén bajo sospecha, sino aquellas que calzan, sabiéndolo o no, con exigencias neoliberales.

Si durante el siglo XIX y buena parte del XX, las mujeres fueron incorporadas en tanto madres y maestras de los hijos de la nación-estado, ahora que esas entidades han sido reconceptualizadas por aquello de la globalización y de la transnacionalización, también ha ocurrido lo propio con la maternidad, pues se necesita que responda a las exigencias de los tiempos que corren.

Este es uno de los asuntos sobre los que versa Contra los hijos de Lina Meruane, que acaba de ser republicado en Chile y que, en las incomodidades manifiestas, coincide con otro libro, La mujer y la madre, de Elisabeth Badinter. ¿Cuál es esa incomodidad? No otra que la rearticulación con otros ropajes de los ideales femeninos, que se pensaban habían salido por la puerta trasera, gracias a la intensificación de las luchas feministas de la segunda mitad del siglo XX. La idea de la mujer “ángel del hogar”, de la que Virginia Woolf invitaba a sacudirse, o la de la mística femenina, que Betty Friedman estudió prolongadamente, hoy, dice Meruane, toma la forma de un “ángel verde”, esto es, el “ángel del ecologismo” que persigue una vuelta a la “crianza natural”, dolorosa (¡Y parirás con dolor!, le sentencian a Eva) y sacrificada, y lo hará no necesariamente de la mano de las abuelas, que son descartadas paradójicamente por tradicionales y retrógradas, sino de la mano de los pediatras, las matronas a domicilio y, como no, de los gurús de una crianza que ahora es pa-ra-to-da-la-vi-da, ya que el “apego” con la madre, pues todo termina apuntándola a ella,  debe ser estable y duradero. La literalidad en escena.

Pero dicha “onda ecologista”, nos advierte oportunamente Badinter –y que asocia con cierto feminismo ecológico, por lo menos en Francia–, no es sino “una guerra ideológica subterránea” para “reconducir a las mujeres hacia el hogar”. Pero, ¿cómo criticar esta vuelta al hogar si ahora, dicen, es por “opción”, “decisión” o “deseo”? La elección, el deseo, individual, allí donde se levante, pareciera ser irrefutable, pero las trampas de la “elección” siempre obliteran que las decisiones “individuales” se entretejen con tramas mayores que, si bien no las determinan del todo, si las condicionan.

En la “onda ecologista” no solo se conjuga el “llamado biológico” (instinto materno) y el “dictamen social” (las mujeres se completan solo mediante la maternidad), sino que se borran las condiciones materiales que arrojan a las mujeres a “volver a casa”. Y ya que mencionamos el tema de las condiciones materiales, es pertinente aclarar que el problema, por lo menos tal como lo plantean Meruane y Badinter, pareciera ser un asunto de clase, lo que no se visibiliza debidamente en sus ensayos. Las mujeres que están “optando” por recluirse nuevamente en la casa, son, por lo general, mujeres de clase media que ante la imposibilidad de empleos estables y sin condiciones laborales adecuadas, enfrentan la precariedad y la flexibilidad como respuesta. Ante dicho panorama, en lugar de confrontar el duro escenario laboral, la maternidad parece ser la solución alterna, justo el mismo motor, pero a la inversa, que tuvieron probablemente sus abuelas y madres para educarse y salir de la casa, sólo que esta maternidad promete ser más feliz y, por supuesto, diferente. Las madres pobres no se salvan del asunto, pero en ellas la cuestión no es de opción, sino de sanción. Se les exigirá, social y gubernamentalmente, pasar más tiempo con sus hijos.

Pero hay más: la aparente autoimpuesta tarea de “criar hijos felices e inteligentes” –que lleva a abrazar una maternidad esclavizante, conducida por una retórica esencialista de lo natural (parto natural, lactancia de libre demanda, apego como necesidad biológica, estimulación, temprana o adecuada, da lo mismo, etc.)–, tiene otros pliegues. No es casual que esta “onda ecológica”, de la mano de la “teoría del apego”, tenga un eco fuerte en los Estados Unidos y en Francia desde la década de los ochenta. En España y Argentina es posterior, pero ya se denuncia su lado B.[1] En Chile, esta “onda” es muy reciente y atinge no sólo a un público clasemediero que puede recluirse en sus casas o que tiene la posibilidad de tomarse el tiempo que sea necesario para una “crianza de calidad”. Su arista psicologizante, esto es, la teoría del apego, ya hace parte de programas gubernamentales como Chile Crece Contigo.[2] Y en ambos casos, estamos hablando de lo mismo, pues el fundamento parte de las teorías pioneras de John Bowlby (1969) (teorías muy cuestionadas por lo demás), sólo que para el segmento de la población más “vulnerable”, en una palabra: pobre, el argumento con el que se instala es otro: el “rezago psicomotor”, como bien lo indica Patricia Castillo, que lleva a que lxs niñxs tengan bajo rendimiento escolar. El problema entonces no es la pobreza, que es, a su vez, producto de la desigualdad social, sino la falta de cuidados por parte de los padres, de ahí que se les deba enseñar a desarrollar “competencias parentales”. Advertirán, pues,  para dónde va el agua al molino.

Y no todo para ahí. Los nuevos atributos de esta tendencia, felicidad e inteligencia, van de la mano con emprendedurismo, exitismo y competitividad. Dicha relación no es tan azarosa y menos forzada. Una vez se ataca la educación publica y universal, la responsabilidad recae sobre la familia, de preferencia “bien constituida”, que no es otra cosa que la heterosexual. La familia, a su vez, necesita de un soporte que asuma la demandante tarea de educar a estos pequeños empresarios en potencia. No es un secreto que las transformaciones escolares se han aliado con las exigencias corporativas, de modo que alguien se tiene que hacer cargo de hacer cumplir esas exigencias. El ya sindicado exceso de tareas escolares, por ejemplo, exige la ayuda o el acompañamiento de un adulto en casa. Y, como se puede advertir, esta “ayuda” la prestan principalmente las madres. Y qué decir de la omnipresencia de los padres en las escuelas, en especial las privadas. De los regímenes saludables, de la ocupación del tiempo libre para evitar el aburrimiento a toda costa. Ello implica tiempo y dinero. Es curiosísima la ecuación que surge: de la “calidad del tiempo, del afecto, de la alimentación y del juego” que se tenga en la niñez, depende el tipo de profesional que surja. Es decir, invierte en buenos hijos y tendrás buenos empresarios. El resto seguirá alimentando la mano de obra barata. Las madres pobres no han tenido ni tienen ese chance, por más que aumente la sanción social sobre ellas y los programas compensatorios. Tampoco sus hijos.

El conflicto con la maternidad pareciera ser un aburridísimo tema de clase media que busca ser presentado como el “problema de todas las mujeres”. Claramente, enfrascarse en diatribas de este tipo ocupa a un segmento de mujeres bien identificadas, el problema es que, como vemos, el “ángel verde” viene bien robustecido y se adecúa a las poblaciones objeto de intervención.

Lo cierto es que esta “onda progresista”, en pro de natura, atiende a dictados epocales mediante técnicas conservadoras. En otras palabras, reinstala la asociación entre mujeres y naturaleza para invitarlas nuevamente al hogar, al tiempo que calza perfectamente con las exigencias neoliberales. Y no es que la relación se rompa con la mera negativa a los hijos (declarándose activistas “sin hijos”, o montar un frente de las “sin hijos”, por ejemplo), se interrumpe sobre todo cuestionando, explicitando, los imperativos culturales en sus vínculos con las lógicas hegemónicas. No sé tampoco si necesitemos una categoría especial para las mujeres que han cancelado la maternidad, como lo postula Meruane para el español (siguiendo el caso inglés, childfree). El disociar mujeres y madres, de una vez por todas, tal vez sea una medida a seguir y a exigir.

Para terminar es necesaria una aclaración por obvia que sea. No se está en contra de la maternidad per se. Aquí lo que se cuestiona es la maternidad en sus imbricaciones sociales, políticas y económicas. La batalla, creo, no es tanto contra los hijos, finalmente no se hacen solos y el que hayan sido constituidos como sujetos de consumo por el neoliberalismo no los convierte en tiranos al instante, atañe a los adultos poner cortapisas. La Batalla es, insisto, contra todo intento de reinstalar la maternidad como destino natural, la casa como lugar de las mujeres y el neoliberalismo como modelador de nuestras vidas y de nuestros cuerpos.

[1] Ver: “El ‘lado B’ de la crianza con apego”. Clarín 01/02/2017. https://www.clarin.com/entremujeres/hogar-y-familia/hijos/lado-crianza-apego-trata-mirada-machista-acerca-maternidad_0_HyAxFhPDe.html

[2] Ver: http://www.crececontigo.gob.cl/video/apego-seguro/

Para una postura crítica sobre las políticas sociales de infancia en Chile, ir a: Patricia Castillo, “Los saberes psicológicos en el neoliberalismo: el caso de las políticas sociales y la teoría del apego en Chile. Universitas Psychologica 14, 4 (2015).

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