Debate sobre la pena de muerte: el dolor utilizado como vía de procesamiento de las luchas feministas.

Sofía Esther Brito, Estudiante de Derecho, Feminista IA

Hay que dar vuelta un mundo. Pero cada lágrima que corre allí donde podría haber sido evitada es una acusación; y es un criminal quien, con inconsciencia brutal, aplasta una pobre lombriz (Rosa Luxemburgo)

Uno de los primeros textos que escribe Rosa Luxemburgo al salir de la cárcel en 1918 fue “Contra la pena capital”, publicado en Bandera Roja, diario de la Liga Espartaco. Este breve, pero profundo texto es una denuncia política que Rosa hace como promesa de no olvidar a sus compañeras y compañeros de prisión, con los cuales vivió tres años y medio, quienes a diferencia de ella, al no ser presas políticas, se quedarían cumpliendo sus condenas, viviendo las miserias de la vida en prisión, o la muerte, ya que la pena capital se encontraba consagrada en el Código Penal Alemán de la época. Cien años después, este texto vuelve a aparecernos como una lectura imprescindible, ante el debate que abre el caso de Sophie sobre la posibilidad de volver a legislar la pena de muerte en Chile. Hace algunos días cinco diputados de la UDI lanzan un comunicado en el cual señalan que exigirán plebiscitar dicha ley a Piñera, fundamentando “que hay seres humanos que no merecen ser alimentados y encarcelados, porque la maldad y el nulo respeto a la vida no permiten otra opción que la de pagar con su vida los atroces delitos cometidos. La pena de muerte y su reposición es un concepto que debe ser discutido por los chilenos”.[1]

La muerte de una pequeña niña de menos de dos años, luego de múltiples lesiones y abusos de parte de su padre, nos deja evidentemente paralizados. La impotencia, la frustración, el dolor se hacen parte de nosotras. Nadie puede no sensibilizarse ante estas situaciones tan brutales. El dolor y la necesidad de justicia, son sentimientos que de forma evidente, para quienes sufren la pérdida, se manifiestan en estas circunstancias, no importando para estos efectos la distinción entre justicia y venganza, que han puesto sobre la palestra algunas lecturas. No hay reflexión, ni pregunta que valga. No nos importa la historia del agresor, la vida del agresor, cuáles son las causas sistémicas, los fundamentos de su acción. Una madre que ve morir a su hija, espera según sus convicciones personales, la muerte o la cadena perpetua para su asesino. Su sentimiento es a todas luces, incuestionable. Ninguna cifra, estudio, artículo académico, puede en este momento, hacer frente a tan terrible vivencia.

Como la gran mayoría de las mujeres en Chile, he sufrido diversas manifestaciones de violencia sexual desde mi infancia hasta hoy. Debo decir que hace muy pocos años, cuando comencé a reconocerme como feminista, entendí la profundidad del hecho de que fuesemos una gran mayoría. Las situaciones de violencia se callaban, sobre todo aquellas que ocurrían en la infancia, donde al estar cubiertas por el velo del núcleo familiar, gozaban del silencio del tabú. Quienes las habían sufrido, veían estas situaciones desde la excepción, luego empezamos a reconocernos, y el “yo también” se concretó no como campaña mediática, sino como un potente ejercicio de resistencia a través del reconocimiento de nuestras opresiones y el apoyo mutuo.  Fue desde esas dolencias, que desde nosotras empezamos a buscar respuestas. El feminismo llegó como herramienta de lucha para hacer frente a aquel dolor profundo que había estructurado nuestras relaciones sociales, nuestra forma de pararnos en el mundo, y no como un mero ejercicio académico como muchos hoy piensan. Ese mismo dolor que hoy sentimos por Sophie, y por las miles de compañeras que mueren en el mundo cada año, nos lleva también a pensar y re-pensar nuestro quehacer, con las enseñanzas y lecturas que nos han dejado nuestras predecesoras. ¿Es la muerte de los agresores la forma de terminar con la violencia de género? ¿Por qué la derecha plantea esta “solución” hoy? ¿Por qué pese al dolor, debemos plantearnos contra el punitivismo?

La derecha nos plantea el argumento de la maldad natural de ciertos seres humanos, los que bajo su visión “no merecen ser siquiera alimentados o encarcelados”, clara ilustración del paradigma de la responsabilidad individual, dada por la noción católica de libre albedrío. Hay quienes han elegido el “camino del mal”, y ante esto la sociedad debe responder con una muerte aleccionadora, no solo para quien muere, sino para quienes quedamos vivos. De este modo, el argumento es complementado con la ilusión liberal de la prevención general. No me referiré en extenso a los múltiples estudios a nivel mundial que demuestran que no existe relación entre el aumento de penas y la reducción de estos delitos, baste con mirar la situación de Estados Unidos, que teniendo las más altas penas para crímenes violentos, contando con pena de muerte aun en la mayoría de sus Estados, mantiene tasas altísimas de estos delitos. Pero dichas investigaciones son evidentemente conocidas por quienes hoy nos plantean la pena de muerte y el aumento de las cárceles como una solución, ¿Cuál es entonces, el motor de dicha propuesta?

De forma macabra esta discusión se plantea en medio de un dolor que es compartido a nivel social. No obstante, cabe plantear como primera interrogante, el por qué no se planteó pena de muerte para sujetos como Karadima, Paul Shäffer, Krasnoff o el Mamo Contreras. Por qué dichas acusaciones contaron con un cómplice silencio, y con la defensa de instituciones como Punta Peuco por parte de la derecha. ¿Por qué ellos merecen la presunción de inocencia, la posibilidad de “reinserción”, y una vejez digna? No hay duda que si se indignan ante el cierre de Punta Peuco, el escándalo que habría en caso de que la izquierda proponga pena de muerte de alguno de esos personajes sería enorme. Entonces, el punto no es la responsabilidad individual y la opción por el camino de la “maldad”. Hay quienes ante iguales crímenes merecen morir, y quienes merecen una atención de lujo. Hay quienes pueden ser juzgados ante su responsabilidad individual, y quienes deben ser “considerados en contexto”, porque “ha pasado mucho tiempo”.

Entonces, en realidad, el problema es otro: quién tiene la titularidad para decidir sobre la vida y la muerte en el capitalismo, esa es la discusión que intenta reinstalar la derecha a raíz de nuestro dolor. Arrogándose la exclusividad del Estado y los organismos de poder como titular para decidir que vida vive y muere. La pena de muerte se impone como vía de reivindicación de dicha titularidad, una reafirmación del poder, y no una defensa ante la violencia sufrida por quienes recibimos las consecuencias más cruentas de los valores del patriarcado. Al igual que en el aborto, se “defiende” la vida en tanto vida biológica, no teniendo relevancia en esta ecuación nuestra salud, educación, vivienda, derechos sexuales, entre otros. El problema es justamente, desde dónde se toma la decisión de quién vive o muere, y no la defensa por la vida.

Si el problema fuese salvar nuestras vidas, las mujeres no seríamos reconocidas solo en tanto víctimas. ¿Dónde está/estuvo el Estado para Sophie, donde está el Estado para nuestras compañeras, más allá del sometimiento al sistema penal que revictimiza y nos mantiene sometidas a nuevos estresores luego de los ataques ya sufridos? El Estado solo reconoce nuestras dolencias en tanto iniciamos procedimientos penales, no somos sujetas sino somos víctimas. Si el problema fuese salvar nuestras vidas, no estaríamos sometidas a una precarización constante, donde debemos realizar dobles y hasta triples jornadas laborales, no tenemos acceso a educación no sexista, de calidad, morimos esperando una hora de atención médica- pero claro, esos muertos son solo cifras sin nombres-, el hacinamiento de las viviendas y la pobreza de nuestras poblaciones serían un tema de prioritario.

Si el problema fuese salvar nuestras vidas, la reproducción social del patriarcado no tendría aliadas en los Ministerios, Isabel Plá señala en un twitter de hace unas semanas, la defensa de su feminidad a través de la reivindicación de los piropos. Este comentario, aparentemente inocente refleja la misión de la perpetuación de las instituciones que objetivan el cuerpo de la mujer, y la defensa férrea a la división de los roles de género. Quienes hemos sido interpeladas como mujeres debemos “defender” a ojos de Plá, la posibilidad de apropiación de nuestros cuerpos por parte de la masculinidad hegemónica.

De este modo, en el marco de una sociedad que reivindica la división sexual, y que perpetúa el sometimiento de las mujeres y disidencias sexuales, seguimos las palabras de Rita Segato: “El violador es un síntoma de un mal que es social y que nos atraviesa a todos. Es la ilusión, la manifestación de lo que anida en el inconsciente social. El crimen de violación, es decir el acto tipificable en la ley, es la punta de un iceberg en el cual la violación se encuentra en su base en todos sus estratos. Pero la ley sólo puede capturar en la punta de ese iceberg”[2]. Es en este sentido, que decimos que aquellos agresores son hijos sanos del patriarcado, no hay nada de patológico en las prácticas machistas, son el fiel reflejo de la norma, como sigue Segato, se realiza con las agresiones una acción moralizadora sobre el cuerpo de la mujer, no como reflejo de deseo, sino como afirmación de cual es su rol de sumisión en el heterocapitalismo.

Es del todo comprensible que ante nuestro dolor queramos matar a quien lo causa, deseemos mal, busquemos justicia, una vía de escape a la impunidad. La operación de la derecha en este sentido, es tan macabra que intenta procesar nuestras dolencias más profundas, de manera oportunista, disfrazando sus intereses como soluciones y protección a las víctimas. Ni la derecha, ni la Nueva Mayoría han avanzado en políticas públicas que se encaminen a una prevención real de la existencia de estos delitos, el Estado siempre llega tarde, responde a la punta de iceberg, puesto que aquello que se mantiene bajo el agua- la forma en que el patriarcado estructura nuestras vidas- es servil y constituyente de la reproducción social de la dominación.  En este sentido, es que cuando como feministas nos proponemos el fin del patriarcado y capitalismo como sistema unitario de dominación, lo planteamos con la profunda convicción de que otra forma de vivir nuestras relaciones sociales es posible, que la violencia con las cuales hemos sido divididos en los términos de la opresión en tanto clase, en tanto género, en tanto raza,  puede ser subvertida, tal como señala Rosa Luxemburgo: “Pero una reforma total, acorde con el espíritu del socialismo sólo puede basarse en un nuevo orden social y económico; tanto el crimen como el castigo hunden sus raíces profundamente en la organización social”.

[1] Fuente: Emol.com http://www.emol.com/noticias/Nacional/2018/02/04/893850/Diputados-UDI-pediran-al-Presidente-electo-plebiscitar-la-pena-de-muerte-tras-fallecimiento-de-menor-de-once-meses.html

[2] http://cosecharoja.org/feminismo-no-es-punitivismo/

 

 

 

 

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