El feminismo en el espejo del neoliberalismo

Alejandra Castillo

Hasta hace poco la derecha no dudaba en tildar de “ideología de género” a aquellas políticas que intentaban cuestionar el binarismo de la diferencia sexual. La palabra “ideología” en aquella formulación no quería decir otra cosa que “falsedad”, una mentira que con maña y astucia buscaba confundir a chilenas y chilenos imponiéndoles un orden de lo sexual más afín a la elección que a lo natural. En consecuencia, la derecha se opuso a la de ley de identidad de género.

Hasta hace poco la derecha se seguía oponiendo al aborto incluso en su versión limitada de “tres causales”. La verdad es que todavía se opone. Los argumentos contra el aborto esgrimidos por los parlamentarios de derecha representan un registro notable de ignorancia, machismo y clasismo. En consecuencia, se opusieron a la legalización del aborto en tres causales. No conformes con ello y ya en el Gobierno de Sebastián Piñera, no sin maña y con mucha astucia se presenta un reglamento que permite la objeción de conciencia tanto personal como institucional a la hora de tener que poner en práctica la legalización del aborto en tres causales en hospitales y clínicas. De un modo muy estricto, la derecha no se permite pensar a las mujeres por fuera del orden de lo materno obligatorio: si son mujeres deben ser madres.

¿Hay alguna continuidad entre la oposición a la ley de identidad y la oposición a la legalización del aborto? Si, sin duda. Para la derecha chilena la diferencia sexual es un hecho “natural” e inamovible —“que no te engañen de lo contrario”, rezaba un eslogan contra la política de identidad de género. Se nace hombre, se muere hombre; se nace mujer, se muere mujer. El nacer y morir mujer implica necesariamente ser “madre”. No es casual, por ello, el respaldo al gobierno de Piñera de los sectores más conservadores de la iglesia evangélica.

Estos rechazos a lo que fuera la agenda de género de Michelle Bachelet vuelven evidente el costado más conservador de este gobierno de derecha. No es extraño, entonces, que se rechace la palabra “género” (por su potencia de desnaturalización) y se prefiera, en primera instancia, la de “feminismo”, que si bien pone en escena un orden de dominio que entrelaza capitalismo y androcentrismo, al menos, es una política de “mujeres”.

De ahí, que la primera reacción del gobierno de Sebastián Piñera frente a la revuelta feminista parece ser favorable. Distinto a desconocer o rechazar las demandas del feminismo movilizado, el gobierno se ha mostrado hábil al momento de reconocer la violencia sexual y la desigualdad que afecta cotidianamente a las mujeres en Chile.

Frente a este reconocimiento, me gustaría sostener que la aceptación —mediática y en el discurso— del reclamo feminista por parte del gobierno no intenta hacer posible un “feminismo de derecha”. Muy lejos de aquello, lo buscado es clausurar el significante “feminismo” —deteniendo la polisemia que este movimiento porta— en la constatación de “situaciones de violencia sexual que ocurren a todas las mujeres” independiente de su clase, educación o posición política. De ahí que distintas mujeres de derecha, de fuerte impronta conservadora, juzgaran con buenos ojos la revuelta feminista.

Es en esta clausura discursiva del feminismo donde se vuelve evidente el costado neoliberal de la política de derecha del gobierno de Sebastián Piñera. Como sabemos el neoliberalismo funciona por semejanza, no por oposición. Distinto al rechazo de demandas o posicionamientos rivales en términos político-económicos, la plasticidad del neoliberalismo le permite recoger tales demandas y luego transformarlas en un signo afín a una economía de mercado. Para la realización de esta operación es fundamental el lenguaje. El neoliberalismo no es sólo un orden económico de transacciones y especulación financiera, sino que es, por sobre todo, un orden cuya base está en el lenguaje de la promesa. Este orden de la promesa no busca la realización de lo prometido, sino la generación de las condiciones de posibilidad para una transacción futura.

Una vez capturado el significante “feminismo”, y luego resignificado como “asunto de mujeres” (que ya sabemos son todas madres, al menos en términos simbólicos), se presenta la promesa en la “agenda de mujer”. Una promesa que se describe en un relato tanto conservador como neoliberal. Conservador en cuanto a la reificación de las mujeres en la figura de la madre, tomemos el punto 11 de la agenda mujer: “fortalecimiento de terapias de reproducción asistida y tratamientos contra la infertilidad”. Neoliberal en cuanto parece fortalecer la inversión y la ganancia privada a costas de las mismas trabajadoras y trabajadores. En esa dirección va el establecimiento del derecho a sala cunas cuyo financiamiento correrá por parte de las trabajadoras y trabajadores; como también el punto que busca reformar el sistema de salud privada nivelando precios de planes sin distingo de sexo, pero no bajando el precio de los planes de las mujeres sino que elevando el precio de los planes de los hombres.

El feminismo en el espejo del neoliberalismo no refleja otra cosa que mujeres siempre madres y donde el mercado nunca pierde.

 

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