Invocación para el 8 de marzo

Mónica Ramón Ríos, escritora

Frente a la petición de la filósofa Alejandra Castillo para declarar sobre por qué las mujeres lideramos una marcha este 8 de marzo, a la que llamamos a plegarse a quien quiera destruir las violencias capitalistas y las culturas fascistas, escribo: las marchas son una invocación, un tomarse la calle para crear otro afuera. No escribo sobre otra cosa, pues ¿Qué es la ficción sino el lugar donde creamos las heliografías del futuro, qué es una marcha sino una fantasía de colectividad? Entiendo que en las marchas se despliega un campo de batalla, donde se lucha sin violencia, sino con la presencia; donde se busca politizar una pulsión, la del lazo, un lazo donde hierven lo erótico, las simpatías, unas armonías, también las enemistades, lo imperecedero e incluso lo transitorio.

Marchamos para revivir un impulso que tiene tanta historia. Pienso en el amor rojo de la Alexandra Kollontai, cuyas reflexiones sobre los lazos humanos politizan hasta la reverberación de la piel de uno frente a otro, frente a un púlpito político, frente a una página en blanco. Pienso en el amor y en la rabia de la Audre Lorde, cuyas palabras se convierten en los vectores de una comunidad alternativa. Pienso en la Julieta Kirkwood, que hizo del pensamiento una casa. Pienso en las feministas de hoy, con las que compartimos la comunidad intelectual, a pesar del cansancio y la precariedad laboral, a pesar de los embates sobre maternidades, abortos, sueldos e ideas.

¿Es que acaso creen que dejaremos que nos roben todo, incluso la historia?

Pienso en cómo los actos y las transformaciones más radicales están presas en los discursos más conservadores: nuestros cuerpos, nuestra subjetividad, nuestras posibilidades de existencia más allá de nosotros mismos –acceso a la palabra, la escucha sobre nuestras voces, la ocupación del espacio, el tránsito libre por las calles, la representación paritaria, los sueldos igualitarios, nuestro valer en las casas y en los trabajos, la sexualidad no impuesta, las guaguas, la soltería, la poliamoría, un imaginar no mercantil–. Siento mis puños contraerse cuando pienso en cómo se nos obliga a pensar en contra de las múltiples posibilidades corporales, materiales e intelectuales; pienso en ellos, quienes nos quitan a patadas y puños esas posibilidades.

Marchamos para invocar todas esas encarnaciones del feminismo radical: uno antirracista, que amplía las nociones de género hasta destruirlo, y con ello, el sistema económico y cultural que lo sostiene. Marchamos para educar a los hombres violentos. Marchamos para educar a las mujeres sometidas. Marchamos por Carolina Torres. Marchamos para visibilizar a quienes no quieren ponerse los epítetos mujer u hombre. Marchamos también para comprobar que esta comunidad no es secreta, sino una fuerza real y de temer.

Hace unos años escribí un cuento titulado “Invocación”, y este marzo de este siglo feminista quiero compartir un extracto:

“Usted me pregunta por las citas en la novela. En estos años, durante los cuales las guerras se intensifican, en el campo del amor se libran varias batallas, principalmente cómo dar forma a una colectividad. La familia no puede ya ser el único sostén de lo colectivo, como nos han hecho creer; tampoco las relaciones de trabajo, aquella forma retrógrada donde las mujeres siempre estaremos subordinadas. Nada que pueda leerse como tragedia griega, como mito sobre la cercanía genealógica de todos aquellos que son similares en cuerpo y rasgos, en costumbres y habla. Es, si lo pensamos con la profundidad que merece, una manera reductiva de concebir la potencialidad existente en el amor como vínculo social. El texto con que Alexandra Kollontai se dirige a los jóvenes trabajadores, deseosos de pensar el amor como parte de una república proletaria, se origina en el ideal de que todos los actos íntimos sean también sociales, al servicio ellos también de un bien colectivo. Kollontai lo dice muy inocentemente, pedagógicamente diría yo, para que los jóvenes incorporen su deseo por otros cuerpos al proyecto proletario. En cambio, en sus novelas, o en la escenificación de esas ideas, Kollontai desliza sus críticas, en particular cuando sus miembros dejan primar lo individual por sobre la masa. Lo describe como una constante tensión entre el uno y los otros. En esa confrontación radica el futuro. Para Kollontai no se trata, pues, de resolver el misterio del amor, sino de experimentarlo en sus múltiples dimensiones, en transformar el amor en una política contra el programa capitalista. Nos dice también que es posible leer el amor en sus contextos sociológicos. Eso lo describe de una manera amplia y poco interesante, porque se concentra en las grandes estructuras de poder, las de quienes están en las cumbres de la sociedad y escriben sus historias. Y usted sabe que eso no presenta ninguna verdad. Lo interesante de Kollontai es cómo inserta las relaciones sexuales pasajeras como un importante hito de ese desarrollo, pensando el problema de la propiedad de cara a la fidelidad y en el fragor de la lucha entre proletarios y burguesía. Pero también describe lo pasajero como un amor que no transforma nuestra voluntad ni se involucra ni empaña el trabajo racional. El amor despojado de aquellos actos no da alas, nos dice: no cansa ni consume, pero tampoco nos mueve ni cataliza transferencias ni nuevas formas de coexistir. Cuando ese colectivo se vuelve tangible en el plano de lo material, recién puede pensarse en un eros alado: la energía emocional que se viene acumulando en aquellos seres busca manifestarse en la experiencia-amor. El melodrama amoroso que retorna al desarrollo cotidiano sobre un trasfondo de tensión de clases puede interpretarse como un instinto sexual cuya manifestación es el germen de la plenitud.

Usted me pregunta por su interpretación de ese texto. Qué le voy a decir yo, más que las palabras que evoco de esa lectura: el colectivo debe estar fundado en la camaradería dependiente de los vínculos emocionales e intelectuales compartidos por sus miembros. El colectivo es un sólo tejido con la amistad, la pasión, la caricia materna, la infatuación, la compatibilidad mutua, la simpatía y la compasión, la admiración y la familiaridad. Entonces, ¿por qué privarse de un sentimiento de amistad profunda cuando se siente atracción por otro o ternura por alguien más? Al volar se experimenta el placer sexual junto a la manifestación del amor en cada elemento cotidiano; es la creatividad que yace en el colectivo como idea e ideal. No se trata, pues, de fijarse en la forma que toma el amor, sino en el reconocimiento mutuo, en la creación de una realidad que no nos pertenece individual sino igualitariamente. Un amor-camaradería, pues, que reconoce la integridad del otro. ¿Qué es esto sino la experiencia más intensa de un programa ético? ¿Qué es el sexo sino la posibilidad de construir otro mundo? ¿Qué son las alas de este eros sino lo que describe Audre Lorde décadas más tarde en su ensayo sobre el erotismo como arma feminista? El eros no es sólo una fuerza biológica, sino también una emoción profundamente social.

Usted me pregunta por el hermano. Y yo le respondo: el hermano es la hermana es la novia: «A pesar del reconocimiento inmediato sucedido entre esos cuerpos, el encuentro efectivo no sucedió sino hasta meses después, cuando yo no era yo ni ella era él, cuando éramos nada más que rizos y colas, pelajes y lanas, suavidades que invocaban el tacto del otro. Primero, nos acariciamos con las palabras, nos aprendimos nuestros nombres secretos y paladeamos nuestros acentos. Continuaron los toques en los hombros y los brazos. Algunas palabras que invocaban nuestra necesidad de la otra, algún intercambio de olores que se nos metían hasta bien adentro. Siguió el toque de manos y, con temblores, la cara y el pelo; luego los labios y los lóbulos hasta que se nos enredaron los rizos dorados que nos caían por la frente. Vinieron pronto los botones y los abrazos. Caían las ropas y aparecían los pechos, tetillas pequeñas, colas que eran penes, leche entre las piernas, pies que eran garras, dentadas que eran rasguños y dejaban tatuados dibujos divinos sobre nuestros pelajes de colores. Así quedamos de repente, dos cuerpos desnudos totalmente entregados uno al otro más allá de cualquier circunstancia material. En ella habitaba su hermano, mi novio y sus amantes, se aparecía el reino animal y el espiritual, construido sobre la bruma y la claridad más absoluta. No había nada más que ella y yo, y esa presencia lo era todo, el problema y la solución, la certeza de mi existencia individual y lo imposible de existir sola. Veíamos el pasado como una ola de futuro. Frente a frente, tejido sobre el tiempo y las circunstancias, éramos la paradoja imperecedera”.