La demanda por el aborto desde el feminismo socialista

Macarena Castañeda, Antropóloga social, Feminista Izquierda Autónoma

La demanda por el aborto ha estado presente desde épocas tempranas del feminismo a nivel global, feministas como Alexandra Kollontai ya problematizaban las relaciones familiares, la dedicación exclusiva de las mujeres al trabajo doméstico y la opresión de su sexualidad. El aborto ha simbolizado, para las feministas, tanto una bandera por la libertad como un paso para la liberación del trabajo reproductivo forzado. Sin embargo, existen matices en el rol que presenta la lucha por el aborto como estrategia para la liberación, matices que tienen consecuencias tácticas como las que se dan en la apertura del polémico debate entre “aborto legal” o “aborto libre”.

Para poder entender la importancia del aborto en la estrategia feminista, se requiere volver a las distintas dimensiones sobre las cuales se problematiza el aborto, es decir, la comprensión del trabajo reproductivo, su valor en el orden social, y sobre ello, la importancia estratégica de la liberación sexual. Sin duda, mucho se ha dicho desde el feminismo en siglos de historia, por lo que aquí quisiera plantear aquellas reflexiones de quienes nos reconocemos en la herencia de un feminismo socialista y que permiten comprender el hoy frente a la pregunta sobre qué configura el trabajo reproductivo.

El análisis tradicional tiende a reducir el trabajo reproductivo a la labor de madre, es decir, al conjunto de tareas de cuidado y crianza, situados en el rol femenino como rol de reproducción de las fuerzas de trabajo. Sin embargo, las tareas de reproducción, asignadas a lo femenino en la división sexual del trabajo, han demostrado no ser reducibles únicamente a cuidados y crianza (entendiéndolas, en términos concretos, como educación, salud, aseo, alimentación, apoyos emocionales, etc), sino que también están compuestas de otras tareas elementales: el parir y la satisfacción del placer. Para asegurar estas labores, se instala un aparato normativo de mayor complejidad para mantener la organización social de la reproducción y así asegurar su enraizamiento en lo femenino.

La labor de parir se sitúa en un cuerpo específico, el cuerpo femenino. Esto significa que la reproducción no se define únicamente en base a labores y tareas, sino que también por un cuerpo específico que puede de manera exclusiva ejercer la labor de parir. La división sexual del trabajo ha buscado asimilar labores con cuerpos, homogeneizándolas, estableciendo que toda labor reproductiva es posible de ser realizada de manera exclusiva solo por el cuerpo para la reproducción, es decir, el cuerpo femenino. En otras palabras, se biologiza la reproducción.

Para asegurar que este orden se mantenga y los cuerpos cumplan sus roles en la división sexual del trabajo, es que se construye un sistema de normativización de la expresión heterosexual de los placeres. Este sistema de normas ha definido que el cuerpo masculino tenga un rol efímero en la labor de parir (y por tanto en la reproducción mediante la lógica biológica) y pueda ejercer así el placer de manera libre, mientras que el cuerpo femenino, cuyo rol es central para la reproducción, no pueda ejercer sus placeres en la misma libertad.

Estas ideas nos permiten entender la expresión libre de la sexualidad masculina versus la opresión de la sexualidad femenina y el control de su cuerpo en la reproducción. El capitalismo necesita que se aseguren cuerpos plenamente disponibles para la explotación productiva, sin tener que preocuparse de la reproducción de fuerza de trabajo, pues hay otros dedicados plenamente a la explotación reproductiva. Relativizar estas asignaciones, es decir, romper con la división sexual del trabajo, es como se pone en riesgo la efectividad del sistema de generación de plusvalía.

En este sentido, la construcción de dominio de lo masculino sobre lo femenino viene a ser impulsado por el capitalismo, y por ende, justifica y promueve la violencia como práctica para la dominación, sobre todo, la violencia sexual. Por esto es que es peor ser abortista a violador en nuestra sociedad, porque lo primero significa anular el rol productivo para la reproducción, mientras que el segundo es de igual manera asegurar el mandato de optimización productiva en la reproducción.

Desde esta comprensión teórica, luchar por los Derechos Sexuales y Reproductivos debe entenderse entonces como la búsqueda de la plena autonomía de los cuerpos para orientar sus placeres, sin mandatos y promoviendo la reapropiación de su capacidad reproductiva, para que sean cuerpos revolucionarios, en el sentido de entrar a romper la reproducción social del capital y todo su marco normativo para la naturalización biologizante del rol reproductivo. No basta con un posicionamiento individualista de la decisión sobre el cuerpo, pues ello no abarca el orden social que organiza roles y cuerpos de manera estructural. Se necesita entonces romper la explotación de cuerpos para la reproducción, que mediante la biologización del trabajo reproductivo y la organización de los placeres heteronormados naturaliza la división sexual del trabajo.

A partir de esta lectura es que entendemos que la lucha por el aborto debe enmarcarse en la reapropiación de la capacidad reproductiva del cuerpo femenino, arrancándolo de las manos de la explotación capitalista. Esta es una lucha por la autonomía reproductiva, por el derecho a decidir nuestro rol en sociedad y no someternos a la imposición del rol femenino. Para este propósito, la lucha de la disidencia sexual también es central, en tanto esta sea entendida como la disputa contra la heteronormatividad del placer usada para la reproducción. Debemos procurar que estas luchas no se constituyan como banderas individuales de grupos identitarios, sino como articulación de fuerzas que pujan por un cambio estructural en nuestra sociedad, una resistencia feminista y socialista al orden neoliberal que normaliza nuestra explotación.

 

 

 

 

 

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