Malentendido Federici

Alejandra Castillo

Leo a Silvia Federici aunque no me siento cercana del feminismo comunitarista. Me entusiasmo con su venida a Chile porque creo que es una posibilidad de reconocer filiaciones y genealogías de los feminismos de los sesenta con los de hoy. Estas historias del feminismo nos permiten, a su vez, establecer un puente entre los feminismos actuales aquí en Chile con los feminismos de los años ochenta en su rebeldía y creatividad. Conozco el tremendo esfuerzo y el trabajo de las feministas que organizaron las actividades de Silvia Federici en Valparaíso, toda una apuesta de descentralización y de vitalidad política cultural en una ciudad distinta a Santiago. La organización está  a cargo del equipo de la diputada Camila Rojas de izquierda Autónoma. Entonces, me entusiasmo más aún de esta alianza que articula feminismos de distintos signos. Ya es hora de viajar a Valparaíso a la presentación de El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo de Silvia Federici. La actividad se realiza en el Teatro Municipal, está repleto. Las organizadoras por razones de tiempo piensan que la presentación termina con una intervención de Federici y luego se daría paso a la firma del libro por parte de la autora. Así se me dice, eso se acuerda. El libro es principalmente una compilación de textos de los años sesenta relativa a la nunca acabada discordia entre feminismo y marxismo, el nudo que anuda esa discordia es el trabajo del cuidado lo que lleva a poner atención al orden de la reproducción. Las presentaciones del libro son cordiales y hospitalarias. La intervención de Silvia Federici va en dirección de poner en contexto su libro con los feminismos de los años sesenta. Al término de su presentación y no asumiendo el acuerdo previo, abre la intervención a preguntas, me parece raro pero, en fin, estos fuera de protocolo siempre son posibles. La primera pregunta la hace un muchacho quien es abucheado por la asistencia con gritos como “muerte al macho”. En ese momento Federici tiene el control de la presentación –debido a su salida de protocolo- y no hace nada por parar el griterío, no interviene, no interrumpe el clima de odio que se toma el teatro. Ya en ese marco, las preguntas -que más bien eran solo búsquedas de reafirmación personal- restablecen las típicas divisiones irreconciliables entre lo político (corrupto), por un lado, y lo social (puro) por otro. De ahí en más, Silvia Federici no solo pone en escena su posición anti Estado, anti partido y anti demócrata sino que una posición colonial. ¿Sabe Federici lo que es el Frente Amplio? ¿Sabe Federici que es el feminismo y la izquierda hoy aquí en Chile? ¿Sabe de nuestros feminismos y nuestras historias?  No, no lo sabe. Y, no le importa. Su único interés era hacer de su posición política la única (este es el problema del comunitarismo). Las otras posiciones eran enemigas, ningún matiz, ninguna articulación posible. La frase “si el voto cambiara algo, estaría prohibido”, la lanza como una verdad irrefutable. Esta posición no es nueva y no necesariamente feminista, incluso ya es un “meme” que aparece en la redes sociales cuando se avecinan las elecciones. A esta altura de la intervención de Federici, mi entusiasmo se ha ido transformado en espanto.

Estoy firmemente convencida que hacer frente al neoliberalismo implica, primero, asumir el feminismo como una política de lo múltiple que no puede dejar ningún lugar sin ser revolucionado. No existe ni el verdadero feminismo, ni el más puro o verdadero, eso es un pliegue más de la lógica identitaria más afín al neoliberalismo que a su fin. En tiempos sombríos como los que corren, lo común no puede solo definirse en aquello que es igual a lo que pienso sino que en la necesaria sustracción de parte de mi interés/identidad para dar lugar, precisamente, a lo “común”.

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