¿Por qué habría que parar?

Débora Fernández, profesore de filosofía

En un amplio sentido, hay que parar para interrumpir el modo de producción depredador de un tipo de neoliberalismo fundado en el racismo espiritual de las epistemes androcéntricas y en los distintos grados de violencia de la “colonialidad del género”[1] orientadas a la ingesta de un modo de asimilación de nuestros derechos en un marco de comprensión hegemónico, propio de la imagen del mundo cisgénero. Pero, antes que nada y frente a todo, lo es para hacer presente el desmérito de los esfuerzos de sujetos-cuerpos mujeres en el entramado de las áreas de conocimiento avanzado, ya sea científico, profesional o humanista, como en el ámbito (no menos sedimentado por las relaciones de poder y de la superposición del goce masculino) de las vidas sumidas en el círculo vicioso de las lógicas de reproducción sexual, la precariedad laboral y la injusticia económica y judicial.

Como docente e investigadora trans, pienso que es necesario poder eclipsar el reparto de las desigualdades constitutivas de nuestro socius, chileno y latinoamericano, en su estrecha relación con la mundialización de políticas conservadoras, prohibicionistas y transmisóginas para, a contrapelo, poder amar la praxis y la creatividad de la inmensa cantidad de escritoras, artistas, investigadoras de derechos humanos, filósofas, pedagogas y activistas del mundo de la sociedad civil organizada que se sitúan desde el pensamiento feminista, rescatando la testificación histórica de su herencia en cada uno de los campos de su expertice. Si pensamos, por ejemplo, en el desarrollo psicosocial de les jóvenes y adolescentes bajo el ideal de la libertad, la autodeterminación crítica y la protección de sus derechos fundamentales, parar, guarda en sí el ánimo y tiene el sentido de conjurar y movilizarse: con el deseo de no saber más de una violación correctiva ejercida a una compañera, madre, hija, hermana, amiga o colega; de detener la sostenida experiencia de situaciones de discriminación por expresión de género no conforme en espacios de formación y aprendizaje. Porque el suicidio en nuestro país sigue siendo la segunda causa de muerte en niños y adolescentes, según análisis de estamentos estatales, estimándose que, de cada caso, al menos otros 20 lo han intentado y unos 50 han pasado por el proceso de ideaciones suicidas, asociado a un cuadro afectivo lleno de desalientos. Cuestión que se acrecienta en aquellas experiencias que atraviesan la identificación binaria de sí mismes lindando con el afuera de la racionalidad instituida (ya sea para “pasar” de un género al otro, como para vivir y autopercibirse más allá o a expensas de él).

El caso de Arlén Aliaga, hoy formalmente alumna del Liceo 1 Javiera Carrera de la comuna de Santiago, es emblemático desde múltiples puntos de vista como un puntal que orientará la legitimidad y al respaldo civil en el acceso de personas trans, en orden al cumplimiento de los derechos educativos al que los sostenedores de los distintos establecimientos educacionales se deben. Parar, en ese sentido, contrae también los esfuerzos y las ideas-fuerzas de quienes apelamos a la tipificación de los crímenes de odio y de las incitaciones que alimentan los mecanismos de violencia, en su amplio espectro y en toda su especificidad. Soñar así con la realidad de una educación anti-homo-lesbo-cuir-trans-fóbica y una existencia sin las microagreciones hacia lo femenino de los cuerpos sexuados. Y es que…, los intentos de homicidio a mujeres no heterosexuales, cuya “genderización” es precisamente no-femenina, no debería bajo ninguna circunstancia ser un imposible por el cual desangrarse, sino el común que nos mantiene co-habitando un porvenir que será feminista, o simplemente no será. En lo personal creo que, para ello, el generar contraefectuaciones en la estructura de la significación de lo cotidiano, simbólico y material es algo del todo clave, pues ayuda a cimentar una vinculación que nos permite merodear un cuestionamiento infinito del uso y la distribución de los espacios de reflexión pedagógica y socio-cultural, en relación al reparto de una compleja gama de privilegios. Dicho de otra manera, se hace necesario parar con miras a inmiscuirse en la vinculación de agentes sociales como lo son les estudiantes, activistas, abogadas, investigadoras, académicas y docentes, con miras a establecer planos de coexistencia entre las voluntades que identifican su praxis y su “composición” ético-política en pos de la desaparición de la desigualdad de género, existente.

En un sentido restringido, parar es también necesario para abrir las puertas al pasado y al porvenir de una an-economía transfeminista que socave la voluntad de poder de los arcaísmos políticos y su relación con la mercantilización de las formas de vida, asociadas a la comprensión del género y así desarmar el reducto colonizante que hace de las identidades no hegemónicas un objeto de estudio, dispuesto a la digestión de mundo cis. Parar, para hacer de la verdad de las figuraciones del orden masculinista un reflejo “más” dentro de ese tipo de racionalidad que respaldó (y respalda aún) genocidios, persecución, lógicas inquisitoriales y una larga estela de segregación en la historia de lo que conocemos como “humanidad”.

 

Martes 5 de marzo, Santiago, 2019.

 

 

 

[1] Noción analizada por Breny Mendoza a propósito

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