Sobre la postergación de Ley de Identidad de Género

Débora Fernández. Profesore de filosofía, ensayista e integrante del Núcleo de Teoría de las Multiplicidades y de CERES, ONG.

Si el excelentísimo Presidente de la Cámara de Diputados “desestima” poner en tabla de votación el Proyecto de Ley que da Protección y Reconoce a la Identidad de Género (LIG), después de que tras largos conflictos y extenuaciones fuera considerada de “suma urgencia” en el parlamento, habla, entre otras cosas, de la presión política de la institución religiosa sobre la legislación de cuestiones de carácter gubernamental del Estado.  Habla a su vez, de las bodas o lazos matrimoniales entre la manifestación de los discursos de odio y lo que (para usar un concepto de Mauro Salazar[1]) se conoce como “enclave autoritario”, a saber, cierto operador de disposiciones antidemocráticas arraigado gracias a la máquina de guerra de la transitología. Entre los pasos de esa coreografía es fácil contemplar cosas como el retrasar (por el medio que sea) la tramitación jurídico-legal, enlodar la imagen del mundo trans, obstruir mediante ejercicios públicos, inmovilizar mediante lobby y ocluir por negociaciones privadas en convenio de ciertas instituciones, el reconocimiento simbólico y material promovido por el proyecto de ley en cuestión, proyecto el cual, se encuentra acoplado y absolutamente en regla para con las directrices emanadas por el Derecho Internacional. Habla, por último, de manera sosegada, del Pastor Jeer Matter, quien habiendo sido designado por Donald Trump para el mayor cargo jurisdiccional en la Texas Attorney General’s Office (21 de sept., 2017), trató a les niñes trans como productos de un inapelable “Satan’s plan” en espacios de comunicación masivos.[2]

Todo condice con que, al parecer, las subjetividades trans y la transformación social que demandamos, no tenemos lugar ni posibilidad de sentido desde el próximo gobierno en este país, como bien se deduce de los actos de habla y de las medidas tomadas por Kast (y compañía), quienes desesperan por comandar la inviabilidad del proyecto. De pensarlo un segundo, bajo ningún aspecto se trata de algo nuevo pues el año anterior nos ha enseñó que si no se trata del corporativismo internacional de derecha (recuérdese la campaña altamente transfóbica del Bus de la Libertad y las acciones organizadas por la ONG CitizenGo, contra Judith Butler en Brasil), se trata del cotidiano de las relaciones sociales e institucionales heteronormadas que nos rechaza y denigra en casa.  Contrario al amor que profesa la religiosidad del Papa, es muy determinante observar que lo que hace su visita es, consumadamente, evitar la violación insufrible de nuestros derechos a la dignidad personal, a una salud pública y a una vivienda “como la gente”, así como a una no discriminación y a un trato igualitario en los espacios laborales; a una atención despatologizada en lo médico y a la expresividad, en el espacio íntimo y socializado, de nuestras de ideas, sensaciones, modos de ver y de ser vistos como personas trans. Para decirlo en breve, postergación y alimento del odio transfóbico es lo que nos trae el santo pontífice. Sin lugar a duda, la Iglesia teme al desgobierno pastoral de los cuerpos tanto como la oligarquía y al elitismo de la clase política temen que el carril de la reproducción de un modo de acumulación (y enriquecimiento) que los favorece, se vea afectado por la transformación del modelo, o estigma de la triangulación familiar. Y mucho de ignorancia tecnoratizada hay en ello.

Muy por otro lado, nadie debiera ser obligado a vivir y experimentarse sin haber decidido y sin haber expresado conforme a sí, el modo de ser de sí misme. Respecto a ello, además del arduo (muchas veces no remunerado) trabajo que hacen ONGs nacionales, focalizadas en las formas de vida trans y acopladas al Frente de la Diversidad Sexual, me parece que es necesario tensar el campo del pensamiento de los feminismos posthumanistas, para reconsiderar cierta clave sedimentada en el paso de la teoría de la diferencia sexual hacia la problematización del género.

Repensar, por ejemplo, la manera en que la díada heterosexual tiende a mantener una importancia “sacramental” en la estructura en la que se forma el deseo y en las maneras en las que se “performa” no otra cosa sino el género, en la percepción y en el inconsciente de niños, niñas y niñes trans. Si bien Butler nos ha hecho conscientes de que las teorías de la diferencia sexual no producen ninguna afirmación que asevera “al ras” algún tipo de esencialismo natural (los significantes de “hombre” y “mujer” se desenmascaran como el constructo de normas sociales y estructuras semánticas que son), ¿cómo desprogramar la matriz heteronormativa para hacer valer el hecho de que es la diferencia en la identidad la que impide la posibilidad de una categoría cosificada y unívoca de identidad?

Cuando concebimos la identidad de género (con toda la micropolítica que tengas en el pecho), ¿cómo sortear es el sesgo identitarista y la defensa a la personología del dispositivo de “persona”? Si consideramos, por ejemplo, que el Plan Nacional de Igualdad entre Hombres y Mujeres, 2018-2030 (SernamEG) —que se dedica en buena medida a los casos de violencia, maltrato o abuso y a las políticas materno-filiativas— depende en última instancia de la decisión de Senadores y Ministros que se declaran abiertamente anti-abortistas, ¿cómo hacer valer que no hay algo como una identidad-una, y que ésta se reparte en sus diversas modulaciones, anexadas y puestas en práctica en toda relación social? Dicho de otra manera, siendo la heterosexualidad cisgénero la forma hegemónica institucionalizada de la diferencia sexual ¿cómo pensar una sexuación de la diferencia sexual al interior de las prácticas institucionales que considere la identidad de género como algo válido en lo jurídico, administrativo, simbólico y social, en cuanto a les persones trans, en la multiplicidad de sus modos de vida?

[1] Ex-coordinador del programa de Teorías Críticas del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad ARCIS.

[2] Según los datos recopilados por Transgender Europe, entre el 1 de octubre de 2016 al 30 de septiembre de 2017, 325 fueron asesinadas en el continente americano. Si bien no todos fueron calificados como homicidios de odio o como transfemicidio/transfeminicidio, lo cierto es que en Latinoamérica es Brasil, México y Colombia, particularmente, los que lideran el porcentaje de esa tabla.

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