¿Te parece que la política cultural de la ex concertación haya tenido algún espesor intelectual?: (I) raúl rodríguez freire

rául rodríguez freire, profesor de literatura, editor Mímesis Ediciones, miembro Colectivo Communes

Si espesor e intelectual se pueden pensar por separado, sí, la política cultural de la concertación fue más gruesa, bastante más gruesa, cuando se la compara con el panfleto nacionalista-hispanista que publicó la dictadura en 1974, titulado Política cultural del Gobierno de Chile. La ex concertación, por su parte, publicó en 2006 La cultura durante el periodo de la transición a la democracia, documento a varias manos que pretende un balance de lo hecho una vez terminada la dictadura. Pero más allá de sus diferencias de espesor o peso (100 gramos el primero, 1300 el segundo), es interesante ver la permanencia o continuidad de una política centrada en nociones como “talentos” y “excelencia”, porque el lenguaje cultural de la concertación no hizo otra cosa que profundizar y extender la lengua neoliberal que se instaló con la dictadura, una lengua que hizo del emprendimiento cultural un pivote de la economización de la vida. Por supuesto, hay diferencias, pero estas no consisten en hacer de lo cultural un ámbito de reflexión y vida, sino de patrimonialización y mercancía. Porque, como señaló Stuart Hall en varias ocasiones, la cultura tiene que ver con el pensamiento y la política, puesto que es a través de la crítica y la política que una cultura logra darse forma, distanciándose consiente e inconscientemente de la forma que asume lo dominante. Una cultura entonces no es un inventario de objetos ni de prácticas, sino un estilo de vida (de ahí la idea de forma) que marca una diferencia con otro/s estilo/s de vida. Pero como están las cosas, vemos que la concertación y todo lo que le ha seguido ha asumido la política cultural de la dictadura neoliberal, consistente en hacer del adjetivo “intelectual” un adjetivo peyorativo, mientras que la política ha sido reducida al voto, y la militancia a una práctica pasadista. Lo intelectual es considerado como algo denso o espeso –y aquí espeso es un apelativo negativo–, aburrido y, sobre todo, elitista. La cultura como forma de vida ha sido vaciada y hoy tan solo opera como significante vacío que el mercado (incluyendo aquí al estado) llena a su antojo con el merchandising, aunque siempre de manera entretenida. Y entretenida incluso tiene que ser hoy la universidad, la escuela y, al parecer, también la política… entretenida y alocada… la política… vaya.

Entonces, retomando… “espesor intelectual”. Tu pregunta está indefectiblemente ligada a los recientes comentarios de Fernando Atria, que anhela “ser a la política lo que Joven y Alocada fue a la literatura”, y ello para “hablarle no sólo al 5% que lee las páginas políticas de la prensa escrita, sino a todo el resto que en realidad no es que no esté interesada en política, sino que no está interesada en ese lenguaje”. Estas dos frases son suficientes para caracterizar el resultado de las políticas culturales que han formado la vida de este país en postdictadura. Pero, ¿quiénes constituyen ese 5%? ¿Lo constituirán los profesores universitarios, como yo, como Atria, que enrarecidamente hablamos una? ¿Y qué pasa con la lengua de los químicos farmacéuticos, con la de los programadores? ¿Acaso alguien se queja porque no comprende los fármacos que un médico le receta (por suerte ahora con letra impresa) o el computador que está usando? ¿Se le habrá considerado elitista alguna vez a Albert Einstein por haber garabateado e=mc2? Lo de Atria es evidentemente un populismo anti-intelectual que entronca, lamentablemente, con un anti-intelectualismo que comenzó a popularizarse con el macartismo, por lo que no hace sino colaborar con la pauperización intelectual que, como bien ha mostrado recientemente la UNESCO, se ha producido en los últimos años en la enseñanza en América Latina y ello, por supuesto, gracias a los gobiernos de la concertación: la mayoría de los estudiantes salen hoy del colegio sin saber leer y escribir bien. Y eso que contamos con políticas de lectoescritura (las famosas competencias) que prometían hacer de las y los estudiantes de secundaria futuros Einstein.

Pero lo intelectual, cuestión que hay aclarar de una vez, no es lo elitista, confusión esta que incluso campea entre “intelectuales”. Lo intelectual tampoco es una gran memoria. Lo intelectual es una forma de enfrentar o asumir la vida, tomando con distancia o pensando aquello que nos interpela, ya sea el precio de las paltas o el costo de la universidad, pasando por el valor de la bencina o de los libros, cuyo valor, por cierto, no es obstáculo para no comprarlos. Un Smartphome o un iPhone es muchísimo más caro. Es una cuestión de interés, de opción, de política. No. Un proyecto verdaderamente emancipador no debe querer “ser a la política lo que Joven y Alocada fue a la literatura”, que fue un éxito, por cierto, no de la literatura, sino del cine. Debe querer ser el Ulises de James Joyce o 2666, de Roberto Bolaño (Joyce, Bolaño, quien conozca algo de sus biografías sabrá que no vienen de ninguna élite, ni pertenecieron a alguna después de su fama). Debe querer ser, por tanto, un proyecto que haga del lenguaje una política que transforme la estandarizada cotidianeidad, un proyecto que requiera paciencia y concentración, y sobre todo imaginación. La ya trillada frase de Fredric Jameson, respecto de que es más fácil imaginar el fin del mundo, que algo más modesto como el fin del capitalismo, es posible de verificar precisamente por la falta de imaginación, esto es, de literatura, de lenguaje. Un proyecto con imaginación no debería, tampoco, ser condescendiente y paternalista, hablándole “en fácil” a ese supuesto 95%. Si se cree que esta es una opción para salir del atolladero, entonces no se hará más que denostar la inteligencia de ese ficticio porcentaje, a la vez que asumir el lenguaje instalado por el neoliberalismo. Porque lo que Atria no está considerando es que el lenguaje es político y como tal produce subjetividad. ¿O es que no se incomoda con nociones como Capital humano, emprendimiento, excelencia, calidad, democracia, equidad, y un sin fin de otras más que producen nuestra cotidianeidad? Pero claro, el problema no está en el desinterés, o no lo está solo en él. Cómo intentar leer a Joyce o a Bolaño si tenemos un país que campea por su desigualdad. Un país que sobresale por ser uno de los que cuenta con más horas de trabajo (y bien mal pagadas).

Así que no ha sido Atria el que ha demostrado cómo “hablar y actuar de un modo distinto”, según leemos en su entrevista con El desconcierto, sino el movimiento feminista, que ha potenciado la lectura colectiva, que ha resaltado fehacientemente la politicidad (y misoginia) del lenguaje, que se ha restado de la lógica de las competencias (mediante el paro y las tomas) para leer, por fin, críticamente, que ha recuperado la fuerza de la militancia como compromiso transformacional, que ha tenido el coraje de enfrentarse a lo dado, que ha desconsiderado los porcentajes y sus ficciones, en fin, que no ha tenido miedo a perder el rostro para elevarse como movimiento, un movimiento que efectivamente nos interpela a formular otra política cultural, una donde el lenguaje y lo que leemos (así como la forma en que lo hacemos) sí importa. Hasta el movimiento feminista y su heterogeneidad no habíamos contado con una política capaz de producir las condiciones para el espesor intelectual que un Chile postneoliberal requiere.

 

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