Todos mienten. El tiempo nos parece simultáneo y la cabeza un hervidero

Eugenia Prado Bassi, escritora.

Hoy, lo que sospechábamos es evidente, el problema es el orden de los factores. Pienso un café y abro la llave del agua fría. Enciendo un fósforo, el gas. Pienso en el trabajo pendiente. Pongo la cafetera. La cocina es una pesadilla cuando trabajas en casa. La loza se acumula. Los trastos. Es lo que hacemos, “autogestionar” la vida desde que la precarización se volvió irremediable. Comer parece una pérdida de tiempo, pero es lo básico para seguir operando. Pienso en máquinas. Lavo una taza. Suena el chat. Me apuro en responder. Pienso en mensajes pendientes y ensayo una respuesta, algo interfiere y las cosas se desordenan. Entro a Facebook. La concentración peligra. Me avergüenza. Facebook es adictivo como la Coca-Cola. El mundo de la red es adictivo en sus múltiples dimensiones. La información permea, se cruza. Sabemos cómo nos manejan. El tiempo nos parece simultáneo y la cabeza un hervidero capaz de contener inimaginable cantidad de información. Todos vamos a morir. Tomas la taza, te olvidas del café, no de los pendientes. Al mismo tiempo, reaparece la ventanilla del chat mientras se quema la cafetera. Sí, está bien. Escribes. Mañana. Sí, a primera hora. Te devuelves. La cafetera hierve. El café se quema. Tú también te quemas. Tomas el paño de cocina y te acercas al lavaplatos. Al contacto con el metal, el agua fría se precipita. Esquivas el chorro, tus lentes se empañan, todo es gas.

Te devuelves por la idea. Luego al texto mientras la cafetera no para de hervir, pero esta vez la imagen no es real, simplemente está en tu cabeza. Sin café el cuerpo no avanza. Tu tiempo se desvanece. El agua se seca. Los errores son sistemáticos. Los pequeños actos te convierten en máquina, pero una reciente, incompleta, siempre a punto de la falla. De pronto, en todo este trance, algo se mueve, encaja y sientes que desarrollas una nueva capa.

¿Mutas? Te hace falta ese café.

La vida es hoy. Si no lo haces, no sobrevives. El aprendizaje es constante. Nos comunicamos al azar. Se trata de compartir lo que nos mueve, o cómo buscar lo que aparece indispensable hoy. Se trata de que lo que se aprende se extienda y que de algo nos sirva leer y escribir. Así se nos aparece el escenario de la vida. Los conocimientos, las reflexiones entre aciertos y desaciertos, siempre habrá aportes valiosos, el tema es cómo vamos aplicando esos saberes y nos vamos entendiendo porque finalmente, somos nosotros mismos responsables de lo que nos sucede. En nuestras manos debiera estar la elección de personas “las mejor capacitadas” para que nos dirijan. Es preciso ajustar muy bien las antenas, abrir ojos, oídos y hasta los poros de la piel. Entre tanto, el mercado nos va convirtiendo en seres altamente radiactivos, ultrapeligrosos, insensibles y automatizados.

Y a propósito de lo mismo, acabo de ver “Nada es privado” documental del que supe hace un tiempo (algo en mí se resistía). Nos enteramos en detalle de las operaciones de la empresa “Cambridge Analytica” y cómo, con la manipulación y apropiación de datos personales de decenas de millones de usuarios de Facebook, y las llamadas “fake news”, y sobre una plataforma muy completa, logran influenciar exitosamente a la gente en las campañas de Trump y el Brexit.

El ambiente es alarmante. Es cierto. Son estrategias altamente eficientes y con ellas nos aterrorizan. Las redes son un bombardeo constante que te saca del pensamiento más fino. A diario recibes datos sistematizados que circulan para ti. En medio del caos, la mente trata de esquivar información. No queremos enterarnos. Menos detalles, por favor. Hastiados de ver cómo nos abusan. Y con esa información nos conducen, nos acosan, hasta que simplemente flotas en una nube de datos que concentra toda tu atención en la pequeña pantalla del celular.

La sensación es permanente. El tiempo se evapora. No haces nada. No te mueves. No reaccionas. Te sientes amarrada, una inútil. Así nos vestimos de sangre, de violencia, muerte. Empresarios poderosos, ultraderechistas, delincuentes, ambiciosos. Sus candidatos ganan las elecciones. En el documental se confirman todas las enfermedades que produce el dinero, la soberbia, el poder. Se confirman nuestras sospechas. Aberraciones temibles.

Facebook, Google, WhatsApp operan en todo el planeta. Se apoderan de nuestros datos, nuestra información, nuestros deseos, y con máquinas precisas van siguiendo las señales de lo que compartimos, en todos los casos, para bien o para mal, entrar es irreversible. Siempre estamos involucrados, así nos dividen, manipulan y condicionan, nos venden noticias falsas y manejan nuestras conductas, actitudes, fragilidades, tibiezas, emocionalidades. Nuestros deseos, en manos de un mercado que mueve millones de millones, y la información es más valiosa que el petróleo. Con ella se decide por quién votaremos en las próximas elecciones. No hay salida. El panorama es aterrador. Necesitamos conocimiento, entusiasmo y que la realidad se distribuya y agite en las mismas redes, a favor de las personas, para que las aguas se apacigüen. Entre tanto, hacer lo que nos parece necesario o tratar de aportar y comunicar lo que vemos, las injusticias, los atropellos, y hacer que la verdad circule, y que podamos hablar de lo que nos parece injusto. Por ejemplo: la violencia policial hoy y que por años en Chile se descarga contras mujeres, indígenas; niños, niñas y jóvenes, estudiantes, pobres y ancianos. Somos sujetos molestos, incómodos para un sistema que bombardea destellos de éxito en las ilusiones de la masa. Una forma de resistencia es compartir información, denunciar las situaciones reales de abuso; fomentar ideas que nos parezcan sensatas; denunciar lo aberrante y lo deshonesto no sin antes verificar que esos datos provengan de medios confiables o de gente o colegas que conocemos. Recomendable es cerciorarse de las fechas y las noticias que publicas. No es agradable ver morir una y otra vez a las personas que admiras. Y, si alguna vez te equivocas o te dejas llevar por el impulso y subes una noticia de dos o tres años atrás, alguien te lo hará notar. Es relevante tener claro que nos hemos convertido en nuestras propias policías para descalificar a otros o ponernos por encima, mientras los poderosos se enriquecen.

El resultado es la muerte inevitable de millones de personas que arroja este sistema hacia sus bordes. En algún punto, nos acostumbramos a los discursos pauteados y políticos repetitivos, estudiados en palabras de los que saben, pero, al parecer el tema es que todos y todas deberíamos estar más al tanto de lo que nos rodea, y estar interesados en ser más políticos, finalmente es la educación lo que nos quieren arrebatar y al parecer, compartir obras, ideas, conceptos, palabras bien puestas y pensadas, es hoy una responsabilidad.

 

 

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