Volver a arrojarnos a la utopía para sobrevivir a la distopía

Patricia Artés Ibáñez, Activista, Directora e investigadora teatral feminista, Plataforma Escena, Crítica y Memoria.

El reporte de muertes por covid-19 del viernes 5 de junio llegó a 92 fallecidxs, uno de ellxs: el hermano de mi madre. De 75 años, con diabetes e hipertensión, nunca tuvo ni la más remota posibilidad de acceder a un ventilador mecánico y, a pesar de eso, tuvo el “privilegio” de estar hospitalizado y no morir en una ambulancia, a la entrada de urgencias o en plena calle. Murió el 4 de junio por coronavirus y cada quién de la familia viviendo su dolor por separado en este tiempo distópico. La imposibilidad de vivir el rito fúnebre que socializa la pérdida es muy difícil. No poder acompañar a quienes más sienten, distribuir el dolor en los abrazos y suspender el tiempo cotidiano para tomar aire entre todes y continuar, es un vacio que desborda. Sumado a esto quienes deben cumplir con el trámite en el hospital y la funeraria se enfrentan al colapso de un sistema que tiene lista de espera en los crematorios de aproximadamente 10 días. Un necroteatro orquestado por la institucionalidad de este país.

Se supone que en la lista de muertos de este viernes 5 de junio está incluido mi tío. Es parte de esa cifra imaginaria que nos plantea este gobierno, como imaginario también son los ventiladores mecánicos que llegan o que están disponibles, el aumento de camas críticas y traslados de pacientes a clínicas privadas (¿alguien ha visto atiborradas de enfermxs  la clínica Las Condes, la clínica de la Universidad de los Andes?), como imaginarias son las cajas de mercadería para un mes,  que no alcanzan ni para dos semanas y que no incluyen insumos higiénicos básicos para mujeres, niñxs y ancianxs. Todo este mundo imaginario enmarcado en la gran ficción del “quédate en casa”, en un país en el que gran parte de la población “vive al día” o del “trabajo informal”, y en el que el Estado no es capaz de generar las condiciones materiales mínimas para hacer efectiva la cuarentena. Además de lo evidente de esta situación de precariedad extrema, todos los días somos testigxs de dolorosas historias de pobreza y enfermedad con una sanidad estatal imposibilitada de proteger la vida: a un hombre con insuficiencia respiratoria diagnosticado covd-19 se lo envía a su casa por incapacidad hospitalaria, como no hay ambulancia se va en transporte público (cuestión impensable en una institucionalidad seria en medio de una pandemia), luego de un par de días su estado empeora, no hay ambulancias que lo socorran, en un intento por salvar su vida se va caminando a un centro de salud y muere en la calle. Y así, nos llenamos de imágenes de la miseria en su más amplio y descarnado abanico de posibilidades.

“Quédate en casa”, nos repiten una y otra vez. Las casa como un lugar dicotómico: refugio y cárcel a la vez. Para muchas el lugar de la explotación del teletrabajo y del trabajo doméstico y de cuidados, labores que ya no podemos distribuir sino que realizamos de manera simultánea y continua; el lugar del hacinamiento, del abuso sexual y de la violencia física. El lugar del hambre, el lugar de la pobreza. Nos repiten una y otra vez que la casa es el refugio, pero nosotras habíamos encontrado el refugio en la revuelta. Sin embargo, el virus existe y mata. Lamentablemente lo sé y me golpeó muy de cerca.

Y así vamos sorteando este revoltijo de emociones, donde un día florecen los posibles y al otro  la imposibilidad se apodera de todo, una contradicción aguda que atraviesa el corazón. Para muchas entonces la sobrevivencia también va de la mano de no perder el sentido, esa lucha la vamos dando tratando de entender lo que pasa y lo que pasará, lo que se está preparando, los nuevos modos de producción y de relaciones sociales que se están probando. Un nuevo modo de estar en el mundo que dejará la “pandemia”, donde el control y el aislamiento son y serán la premisa.

¿Cómo no perder el sentido de las cosas? ¿Cómo cargamos con nuestros asesinadxs por el sistema de salud, por el virus y por la represión de Estado? ¿Qué hacemos con la revuelta que todavía sigue en nuestros cuerpos, en nuestro deseo, en nuestro horizonte? ¿Cómo no perdemos el sentido?

Seguramente es la búsqueda de sentido la que lleva a tanta gente a exponer en las redes sociales sus vidas, lo que cocina, lo que toma, lo que aprende en cuarentena… como una manera de socializar y estar en el mundo, en este mundo que vivimos hoy. Quizás sea esa búsqueda de sentido la que hace que muchxs vean en las maneras virtuales que tenemos para socializar una posibilidad creativa, adaptarse e imaginar con los recursos y procedimientos de estos tiempos de pandemia. Sin dejar de aplaudir y mirar estas iniciativas, algunas nos inquietamos con la rapidez que podamos habitar este nuevo modo de estar en el mundo, porque sabemos que esto no es solo por la pandemia, esto es y será mucho más que eso. En esa incertidumbre radical, el sentido tiende a escaparse, es poco lo que tenemos para asirnos de él. Quizás solo se trate de la vida y la muerte. El sentido de conservar la vida con lo simple y complejo que esto es.

Estamos en un escenario oscuro. En el que el orden institucional en este país está hecho para beneficiar a unxs pocxs y no solo en la acumulación de la riqueza si no en el derecho a la vida. Esta cuestión no es solo patrimonio de la derecha, ha sido orquestada por todos los sectores que han administrado y profitado de la posdictadura, y hoy, es avalada por esta oposición deslavada que ni siquiera es capaz de correr el cerco dentro de los marcos de la lógica de la reforma, podrían hacerlo, pero no, blindan a este gobierno de asesinos y corruptos y se cuadran con el actual orden de las cosas. Son cómplices de toda la catástrofe que estamos viviendo. Espero que no lo olvidemos nunca.

Me preocupa nuestro devenir inmediato, mediano y a largo plazo. Me preocupa que muera alguien más de mi familia por covid-19, algún amigue, alguna compañera, alguien que quiera, algún queride de mis querides. Me preocupa que sigamos muriendo infectadxs de pobreza. Me preocupa el hambre, el desempleo, el narcotráfico, la precarización material y subjetiva en esta agonía neoliberal. Me preocupa lo que hacen y harán para salir de esta crisis y seguir enriqueciéndose. Me preocupa la miseria y la muerte.

Me preocupa la violencia patriarcal sufrida por mujeres y niñes de parte de machos desencajados por estar obligados a no estar en lo público y habitar lo domestico, pero también el despliegue del control a través de la virilidad del soldado, exaltando el poder masculino armado que refuerza a punta de fusil una sociedad binaria con roles sociales asignados por géneros y la división sexual del trabajo.

Estoy vitalmente preocupada, pero intento no perder el sentido, y ese sentido solo lo veo en lo que juntes seamos capaces de generar en el presente y sobre todo en el tiempo que se nos viene. Ver posibilidades en los esfuerzos colectivos que venimos levantando no solo desde de la revuelta reciente iniciada en octubre, sino en todo el reportorio histórico que cargamos en nuestro cuerpos y corazones. Sin esa vida de luchas previas que nos construye no sería posible el apoyo mutuo, la solidaridad, las ollas comunes y populares, los cuidados, el amor que estamos desplegando para no morir y continuar abriendo posibles ahí donde no los hay.

¿Y dónde veo una posibilidad? En dejar de ver como antagónica la lucha por la construcción de una realidad totalmente distinta a esta, una vida libre de capitalismo, patriarcado, racismo… con la posibilidad de intervenir de manera radical en el actual ordenamiento institucional, por supuesto que no me refiero al chiste de la convención constitucional, me refiero a la acción colectiva de instalar (no pedir) una asamblea constituyente, donde seamos los pueblos quienes construyamos otro marco que tenga mínimos que protejan la vida. Entender un proceso constituyente como una experiencia amplia de autoeducación donde la actual institucionalidad se suspenda y seamos capaces de generar un marco legal que nos permita salir de este abuso descarnado al que estamos sometidxs. Lo importante es ver en esta experiencia lo que nos pueda permitir construir, inclusive más allá de una nueva constitución, me refiero al proceso mismo que excederá cualquier papel y que podrá construir nuevas relaciones sociales que nos ayuden a tocar el cielo para luego tomarlo por asalto. Aunque parezca dicotómico estar por una asamblea constituyente no significa estar de parte del Estado, podemos querer abolirlo también, es más, podemos tener esa perspectiva y la necesitamos. La asamblea constituyente no es un fin en sí mismo es una experiencia. Generar un nuevo marco legal que le ponga freno al neoliberalismo no significa nada más (pero nada menos) que eso en un momento determinado. Y hoy es urgente que tengamos un respiro de tanto sufrimiento. Arrojarnos a un proceso constituyente que no sabemos cómo será, pero que juntes los construyamos como nosotres queramos. Creo que es urgente pensar el Estado, pero también, volver a pensar en destruirlo.

Quizás encontremos sentido cuando salgamos de la distopía y nos arrojemos nuevamente a la utopía.

Salud y resistencia!!!

7 de junio, 2020